NARRATIVAS DEL YO EN EL ESPACIO VIRTUAL Y MEMORIAL

NARRATIVAS DEL YO EN EL ESPACIO VIRTUAL Y MEMORIAL

Leonor Arfuch[1]

[1] Professora da Universidad de Buenos Aires.

Pongo el diario en forma de memorias, en parte
porque no encuentro todos y cada uno de los días
tiempo para escribir, y en parte porque la mirada
retrospectiva clarifica ya algunas cosas
. Walter
Benjamin, Escritos Autobiográficos


RESUMO:

Este artigo analisa narrativas do eu no espaço digital e memorial.

PALAVRAS-CHAVE: narrativas do eu, espaço digital, memorial


ABSTRACT:

This paper will analyse narratives in the first person point of view in the digital world and in memoirs.

KEYWORDS: narratives in the first person point of view, digital world, memoirs


Biográfico y virtual

Hablar de las narrativas del yo en el mundo contemporáneo parecería llevarnos de inmediato al espacio virtual, a esa constelación de textos, sonidos, imágenes, nuevos géneros,  que se despliegan  al  infinito en Internet –un espacio lejano e inasible como el de las galaxias- que parece regir las subjetividades y la vida cotidiana de todos los habitantes del planeta. Revolución tecnológica, apogeo de la comunicación, modernidad líquida, era digital, humanidad 2.0…   modos diversos de definir una época que aparece bajo el signo de una cruda –y efímera– actualidad.

Actualidad amenazada por la temprana obsolescencia de esos mismos dispositivos mediáticos que imponen modelos, hábitos y costumbres, alentando el deseo imperioso de la última novedad. Pero sería irrisorio pensar que ese habitus –volviendo al clásico concepto de Bourdieu (1990)– o ese aparato estético, según la definición de Déotte (2012), que comprende los modos de mirar, percibir y ser, son dependientes de la tecnología. Son los usos, la investidura afectiva y subjetiva de que son objeto, lo que constituye un fenómeno de época –tomando a la época en la larga duración, a la manera en que Barthes definía el “ser contemporáneo”.

Dicho de otro modo, no son las redes sociales –Facebook, You tube, My Space, Twiter, Instagram– las que producen esos efectos narrativos: prácticas confesionales, develamiento de la interioridad, publicidad de lo privado y lo íntimo, presentación de seres y cosas…son ciertas disposiciones de la subjetividad, vigentes ya hace décadas, las que se despliegan, aparentemente sin límites, con las nuevas tecnologías.

En efecto, esa tendencia a la mostración del yo, en la escala sutil de lo biográfico, lo privado y lo íntimo, la fascinación por las “vidas reales” de famosos y desconocidos – “autobiografías de todo el mundo”, al decir de Gertrude Stein (1980)– la obsesión por la presencia –el cuerpo, el rostro, la voz– como garantía de la autenticidad de la experiencia –traumática o afortunada–, la insistencia en los detalles de la persona y la personalidad como reveladores de una profundidad del ser, reconocen variados ancestros, lejanos y cercanos, en un arco temporal que habilita a postular una hipotética genealogía .

Ese fue uno de mis propósitos, hace más de veinte años, cuando empecé a percibir, en el dilatado horizonte del discurso social, una multiplicidad de géneros y formas donde la expresión de la subjetividad, en la asunción canónica del yo y sus múltiples desplazamientos, adquiría una innegable primacía. Cumpliendo quizá viejas profecías de inquietos sociólogos, filósofos  y cientistas políticos, ese énfasis del yo, a menudo con fuertes ribetes narcisísticos, parecía transitar sin fronteras de la literatura a los medios de comunicación, de la investigación académica al cine, el teatro y las artes visuales, y –lo más preocupante–  del show a la política –o a la política espectáculo–, donde la personalidad o el perfil –tan apreciable hoy en las redes sociales– de un funcionario o candidato parecía más determinante que su propuesta ideológica o programática.

Fue esa simultaneidad, esa coexistencia al parecer sin conflictos, esa constelación con parecidos de familia –desde los géneros canónicos en auge y sus innúmeras variantes, a la autoficción, del documental subjetivo al docudrama, de la entrevista clásica al talk show o el reality show– lo que despertó mi interés por investigar ese fenómeno y tratar de responder a las múltiples preguntas que se me planteaban. Llegué así a la definición de un espacio biográfico –un espacio/temporalidad– entendido no como una mera acumulación fortuita de géneros discursivos, sino como una trama simbólica, epocal, un horizonte de inteligibilidad que podía leerse, sintomáticamente, como una verdadera reconfiguración de la subjetividad contemporánea.

Esa investigación, concluida hacia fines de los ’90, se plasmó en un libro, publicado en 2002, y desde entonces esas tendencias, que se habían ido perfilando nítidamente a lo largo de mi trabajo, no han hecho sino afirmarse. Si el reality show, que podría pensarse como un hito en la genealogía de lo que Lauren Berlant (1998) llamó “intimidad pública”, se transformó en el ser mismo de la televisión –casi no hay programa que no lleve su impronta–  las redes sociales constituyen hoy sin duda la quintaesencia, mundializada, de ese premonitorio espacio biográfico.

Así, confluyen en ellas –en esa urdimbre inabarcable  que se abre en un clic– las huellas disímiles de los viejos ritos –el diario íntimo, el diario de viajes,  las correspondencias, las memorias, el álbum de familia,  la auto/biografía– con la notación rápida del día a día, la agenda, el recordatorio, la impresión, la imagen, la interpelación –también ética y política–  los esbozos efímeros de una conversación o una trama dialógica que interroga y se interroga, en el infatigable vaivén de la rutina cotidiana. Mucho se ha dicho sobre esas escrituras llevadas por el impulso del momento, por el registro obsesivo de las vicisitudes y las banalidades del vivir pero también por la aparición súbita de los momentos trascendentes en ese devenir: el encuentro, la separación, la pérdida, la muerte. Modos de vida on line que permiten pasar sin desmedro de la empecinada condición de espectadores de la vida de los otros  –tal el lugar que se nos ofrece, queramos o no, en el horizonte cultural– a la de actores, protagonistas, creadores del propio personaje ficcional en una especie de gran equidad distributiva: a cada uno su pantalla, no sólo para ver sino para ser visto, para  enlazar finalmente apariencia y existencia,  confirmando así, en una masividad “democrática”,  esa temprana intuición de Hannah Arendt (1977) al definir la aparición como el rasgo constitutivo de la modernidad.

Pero esta aparición no parece ser simplemente la instauración generalizada del clásico circuito exhibicionista/voyeur –con sus ribetes de pornografía– o la búsqueda de una notoriedad negada por la uniformidad y el anonimato de la vida contemporánea. Hay algo más que se juega allí, creo, algo del orden de la intersubjetividad que se aproxima a lo que Bajtín (1982) llamó valor biográfico, como rasgo distintivo de toda narrativa vivencial respecto de las formas ficcionales: el relato de la vida de alguien –aún fragmentario, en los escarceos y simulaciones en que suelen aparecer en la web– pone en orden, es decir, dota de forma y sentido, el inasible fluir de la existencia, pero lo hace en una relación mutuamente reflexiva, en tanto interpela también la vida del otro, el receptor, generando rechazo o identificación y remite obligadamente a “la vida” en general, en tanto dimensión ética,  trascendente. Y aquí conviene recordar que ningún relato escapa a la ficcionalización y que todo narrador, aunque establezca el “pacto autobiográfico” según el clásico concepto de Lejeune (1975), aunque asuma en el yo “la ilusoria unidad del sujeto” como decía Benveniste (1971), se construye como un personaje a neta distancia del sujeto empírico. Por eso no importa tanto en las redes el mero discurrir, ni siquiera la adecuación referencial de ciertos enunciados: no es de la verdad de lo que se trata sino en todo caso de la verosimilitud, no es la profundidad del yo lo que está en juego –somos ya receptores avezados, incrédulos– sino las estrategias de auto/representación, las construcciones ficcionales de la identidad que abren tramas de significación más allá de las palabras. Por cierto, hay distintos niveles en esa comunicación, distancias y cercanías que modulan la masa de “próximos”, “amigos” y “seguidores” – ¿Una especie de “escalera a la fama”? – y por lo tanto la escala gradual de intimidad. Y está también la diversidad de los relatos y de los intercambios, desde esa especie de máquina dialógica que alienta una conversación global de pocos caracteres –donde el tuit se ha transformado en la herramienta perentoria de la política– a una mayor demora textual, como la del blog. O, podríamos agregar, como última noticia, que súbitamente del tuit volvemos al libro, donde los políticos se cuentan y dejan un registro físico en el devenir de las campañas electorales.

Muchas hipótesis podrían formularse sobre este fenómeno, que viene suscitando la atención de diversos especialistas, operadores de mercado, publicistas y toda suerte de investigaciones cualitativas y cuantitativas. Aparecen así aspectos ponderados, como la posibilidad –y la necesidad– de contacto perpetuo; el estar juntos, la búsqueda de anclaje, de identificación grupal, de identidad; el cultivo empeñoso de relaciones no distantes, ajenas al cara a cara pero con otro tipo de cercanía y una nueva definición de intimidad. En esa construcción intersubjetiva de la imagen personal –que algunos llaman identidad intersubjetiva– parece jugarse, para los más jóvenes, la búsqueda de aprobación, la acentuación de la (auto) definición y el rol de la generación, en marcada diferencia con los adultos, la pertenencia a una comunidad, pero una comunidad sectorizada, configurada de acuerdo a ciertas pautas de distinción. Una identidad on line que se actualiza todo el tiempo y forma parte del ser, de la existencia y de la experiencia en un puro presente y que quizá revele un síntoma de soledad globalizada, ligado a una fragilidad afectiva que involucra al mismo tiempo el temor al rechazo ante tanta exposición. Es ese in between, que parece fluctuar entre “el ser o no ser”, lo que alienta quizá una fantasía identitaria en la que se mezclan rasgos de intimidad y simulaciones, estilos de habla y formas de escritura, donde la certeza de ser leído o visto exacerba la búsqueda tenaz de la presencia, en el sentido fuerte que le atribuye Derrida (1996). Significante que conlleva la falta, como vacío a cubrir pero también como aquello que necesita ser simbolizado para adquirir sentido y consistencia.

En uno y otro caso, y aun cuando los textos y las imágenes se muestren como una pura actualidad, no dejan de ser “huellas de lo que desaparece en el curso incesante de la vida” – retomando la acepción de vivencia según Gadamer (1977)– y quizá en ese mostrarse y dejar huella se juegue uno de los registros más significativos de esa obstinada interacción  que ha cambiado las reglas de los géneros  canónicos en una constante experimentación. Así, la memoria y el archivo –clásicos pilares del espacio biográfico– también cambian sus signos como resguardo de una temporalidad efímera donde sin embargo nada se pierde, nada escapa a alguna forma, aun impensada, de registro. 

Formas de registro que no parecen impedir la libertad expresiva del decir y el mostrar pese a las pruebas, cada vez más contundentes, de control social: control cívico, a través de las identificaciones múltiples de cada ciudadano en la web, control en el más puro sentido de las sociedades de control y el biopoder: la modelización de hábitos, afectos, costumbres, ritos, modelos de vida, estéticas del cuerpo y del alma, disciplinas del ser y el hacer, decálogos de la sexualidad, el relacionamiento y la vida familiar, instrucciones de uso de bienes, servicios, sentimientos y actitudes, consumos y adicciones, reglas de la moralidad y hasta de la mortalidad, controles laborales, afectivos y hasta delictivos, que ponen en riesgo la propia integridad… en definitiva, ese monstruoso  aparato comunicacional y mediático,  ese inmenso chismógrafo universal que caracteriza nuestra época y que Beatriz Preciado (2008)  definió, con énfasis un tanto apocalíptico, como “la era farmacopornográfica”.

A su vez, y pese a las estadísticas que dicen que sólo una parte de los habitantes del planeta entraría en estas descripciones, es tal la potencia de la comunicación a través de las redes, con el plus de su impacto político como una forma ya instituida del lazo social, es tal la correspondencia de ese espacio virtual con la definición misma de espacio que sostiene Doreen Massey (2005) –el espacio no como una mera superficie material sino como una espacio/temporalidad,  producto de interacciones e interrelaciones– que la falta de conexión por cualquier causa produce la angustiosa sensación de estar fuera del mundo. 

Ahora, si confrontáramos dos perspectivas señeras de la primera mitad del siglo XX, la de Mijail Bajtín (op. cit.) y la de Norbert Elías, podríamos decir, en la senda del teórico ruso, que la nuestra es una época donde los géneros familiares, cotidianos, marcados por la oralidad –géneros primarios, según su tópica, y muy valorados– han alcanzado en el espacio público su máximo apogeo, cumpliendo así su función capital: la de impulsar un aflojamiento de la norma y una mayor flexibilización de las costumbres. A su vez, del lado de Norbert Elías, podríamos retomar en contrapunto una afirmación que también se hace evidente en el escenario actual: cuanto mayor es la liberalización de las costumbres y la exhibición pública de las conductas, más se refuerzan los mecanismos de control y hasta la “economía psíquica” del autocontrol. “Cuanto más densas son las dependencias recíprocas que ligan a los individuos –afirma Elías (1991:20) – más fuerte es la conciencia que estos tienen de su propia autonomía”. Ley paradójica, que quizá permita comprender el doble efecto de libertad y sujeción –a lo que dicta la norma y la moda, a lo que se “debe” ser, hacer y tener– que impera en el devenir contemporáneo. Por eso, entre lo apocalíptico y lo celebratorio, el lugar de la crítica parecería ser más bien el de la inquietante lógica derrideana de la duplicidad: aquello que puede ser al mismo tiempo una cosa y su contraria.

Si bien no me he dedicado en particular al análisis de esas narrativas, he reparado, sí, en sus sucesivas hibridaciones, su estética y su retórica, esa singular combinación de oralidad y escritura, palabra e imagen, invención y realidad, memorias y olvidos. Es también perceptible su influencia –no siempre positiva– en las artes y en  esa literatura que Josefina Ludmer (2010) llamó “post autónoma”, ligada a lo cotidiano, lo territorial y las lenguas coloquiales,  donde la realidadficción –todo junto, indisociable– campea, lejos del realismo literario, en desmedro de la metáfora o de los límites de los géneros, donde puede mezclarse autobiografía, diario íntimo, crónica periodística y hasta etnografía, donde priman las innúmeras formas de autoficción. Aparecen también algunos libros derivados de blogs, que instauran una nueva temporalidad y una sugerente apertura dialógica.

Un giro memorial

Esta tendencia es en especial destacable en relación a las memorias de la dictadura y en lo que he llamado “el tiempo de los hijos”, es decir, el momento en el cual hijas e hijos de desaparecidos, presos o exiliados deciden asumir un yo en la literatura, el cine, el teatro o las artes visuales, y contar su propia historia. Un ejemplo cabal es el de Mariana Eva Pérez, la autora de Diario de una princesa Montonera. 110% verdad (2011), cuyos padres están desaparecidos, que encontró en el blog un medio propicio para entramar retazos de su historia, compartir la dolorosa experiencia de esa pérdida irreparable –tenía apenas un año y medio cuando sucedió–, sentirse acompañada en el trabajo de duelo y encontrar el tono para llegar al libro, afinando además una perspectiva crítica y política donde el humor y la ironía hacen su juego. Ángela Urondo Raboy, por su parte, también partió de un blog, Pedacitos, en la indagación de quiénes fueron en verdad sus padres –negados, en una apropiación en el seno de su propia familia– sumando textos, documentos y reflexiones en la búsqueda de su propia identidad, que culminaron en su libro ¿Quién te crees que sos? (2012). Estas formas abren nuevas posibilidades al trabajo de la memoria, que en la Argentina se ha venido sustentando sin desmayo, desde el Nunca Más, con los primeros relatos de las víctimas, a las más diversas narrativas del yo, desde el testimonio ante la justicia hasta la autoficción, la novela biográfica, las memorias, los diarios de cárcel, los relatos de exilio, el cine, el teatro, las prácticas artísticas y performáticas. Despliegue memorial en primera persona –y sus alter-egos– que atraviesa las generaciones, donde las hijas e hijos asumen a su vez protagonismo, y que constituye uno de los rasgos singulares de la experiencia argentina en la lucha por los DDHH y la demanda sin pausa de Memoria, Verdad y Justicia. 

En este camino hay por cierto voces ya clásicas, que tal vez han resonado también aquí, en Brasil: los filmes Papá Iván, de María Inés Roqué (2000), amoroso retrato del padre cuyo epígrafe inicial, “Prefiero un padre vivo a un héroe muerto”, marcaba el inicio de lo que luego se llamó “memoria airada”; Los rubios, de Albertina Carri (2003), con padre y madre desaparecidos, donde la rebeldía no era sólo afectiva sino también formal: el deseo de incomodar, de mostrar el vacío, de interpelar las conciencias más que producir catarsis;  y M, de Nicolás Prividera (2007) una búsqueda casi detectivesca de testigos, huellas y complicidades que pudieran dar razón de la desaparición de su madre. 

Más tarde llegó Infancia clandestina, de Benjamín Ávila (2011), un film ficcional de gran público que se atrevía con un tema hasta entonces tabú: la infancia en casa de militantes guerrilleros, donde a través de su protagonista, un niño de 12 años, el autor se propuso rendir homenaje a su madre desaparecida. También en la literatura llegó el tiempo de hablar, en tono autobiográfico y autoficcional, de la propia infancia. La casa de los conejos, de Laura Alcoba (2008), evocaba una estancia en una imprenta clandestina con su madre militante, con la fortuna de haber podido partir ambas al exilio antes de que fuera bombardeada por el ejército; a la que siguió años después El azul de las abejas (2013), relato de la infancia en el exilio; Pequeños combatientes, de Raquel Robles (2013), invertía el signo de la víctima y narraba, con un personaje de niña en primera persona, el efecto de la desaparición de ambos progenitores en una eterna espera sin retorno. En este grupo se inscriben los dos libros que mencionamos antes, derivados de blogs.[2]

Siguiendo la tradición, y quizá como una demostración de que las experiencias traumáticas de una sociedad no tienen un tiempo establecido para salir a la luz, en los dos últimos años surgieron asimismo en la web otras narrativas de hijas e hijos, esta vez, de represores, que  se afirman como sujetos éticos en deslinde y rechazo del hacer de sus padres.

Un primer emergente fue la entrevista a Mariana D, hija de uno de los más crueles represores, condenado a prisión perpetua, que podría haber sido beneficiado por una resolución de la Corte Suprema que autorizaba la reducción de penas para delitos de lesa humanidad, llamada del “2x1” lo que generó que casi un millón de personas salieran a la calle y lograran su posterior anulación. Dos días después de esa histórica marcha aparece,  en una conocida revista académica virtual, esa entrevista biográfica, donde cuenta su propia “infancia clandestina”, soportando la crueldad de su padre, con un título impactante; “Marché contra mi padre genocida”.[i]

Antes, las redes sociales ya habían recogido experiencias singulares de algunas hijas –es notable la preeminencia femenina en estas narrativas. Algunas de ellas, como Mariana, adoptaron legalmente el apellido de sus madres. Otros y otras tuvieron que lidiar entre el amor hacia un padre cariñoso y su rechazo a saberlo torturador. Con diferencias y disidencias, con momentos de apertura de la voz y otros de silencio, a través de las redes sociales y de encuentros, se fue consolidando un colectivo, Historias Desobedientes, con una página web y una bandera de identificación para la aparición pública, en marchas conmemorativas o de nuevas demandas, como las de Ni una menos. Ese es un momento crucial en el recuerdo compartido: la vergüenza, la angustia, el miedo al rechazo, a no ser aceptados en la lengua común, a ser puestos a distancia insalvable de las víctimas. Las víctimas de sus padres.

Desde los organismos de DDHH algunos pensaron que era quizá un gesto que escondía el intento de reconciliación. O una pretensión de asimilarse a las víctimas desde otro lugar –a la manera, quizá, de las víctimas de la violencia guerrillera. Pero no tardaron en advertir que se trataba de otra cosa: el surgimiento inesperado de nuevas voces, que, en su diferencia, y sin planteo alguno de equiparación con otras víctimas –o mejor, rechazando de plano ser puestos en ese lugar– venían a sumarse a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. El colectivo lo hizo explícito sin dejar dudas: “No nos reconciliamos, no perdonamos”.

Este andar, que presento muy sintéticamente, culminó en diciembre pasado en un seminario internacional donde se presentó un libro, Escritos desobedientes, que reúne, según su subtítulo, “Historias de hijas, hijos y familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia”. Allí dialogan las historias de vida de varios integrantes, en primera persona y en distintos géneros, que también incluyen la ficción y autoficción, textos que, en su mayoría, provienen de blogs. De ese recorrido vivencial, que ofrece un interesante material para el análisis, quisiera señalar algunas coordenadas, que aparecen una y otra vez y que resultan muy significativas.

En primer lugar, el carácter catártico, confesional, de los relatos. La hermandad de sensaciones vividas que súbitamente cobran sentido retroactivo –una especie de trauma retroactivo– en la confrontación con los demás. El peso corporal de los afectos primarios: miedo, vergüenza, angustia, culpa. La vergüenza y la culpa del nombre, de ser reconocidos como hijos o familiares y ser equiparados a esa herencia. La diferencia, en cuanto al vínculo y la afectación del vínculo, entre padres amados y padres temidos. La contradicción entre el repudio y el afecto.

Se pone así en juego un complejo mecanismo psíquico, que lleva a una reconfiguración de la historia personal, puesta bajo otra luz, donde se reconocen signos de esa convivencia alienante entre el horror puertas afuera y una presencia elusiva en lo cotidiano, bajo normas estrictas de clandestinidad. Entre ellas, el aislamiento de la vida social y el mandato absoluto de silencio sobre todos los aspectos de la vida familiar. 

Es contra ese silencio, precisamente, que las hijas e hijos quieren hablar. El silencio Nunca Más, dirán, haciendo propia esa expresión paradigmática de la justicia argentina. Pero no solamente para narrar en primera persona esas otras “infancias clandestinas” insospechadas bajo el manto de silencio oficial que regía la vida de todos. Quieren hablar también ante la justicia.  Lo jurídico y lo político confluyen en un mismo objetivo: lograr la modificación de la ley procesal penal en sus artículos 178 y 242, para poder testificar, denunciar y declarar en contra de aquellos a quienes los unen lazos de consanguinidad.

No se les escapa lo trágico de esta condición, la afectación psíquica y emocional, que se incrementa ante un lazo amoroso: declarar en contra de quien se ama, asumir la culpa de hacerlo y también de no hacerlo. Porque lo que algunos hijos e hijas desobedientes comparten es el fantasma de la complicidad, que sienten asociado al silencio, aunque nunca podría pensarse esa figura en relación con lazos que sólo el azar de la vida tejió. Al declarar pretenden aportar lo que saben, también por propia experiencia. Por haber estado alguna vez en lugares sórdidos, compartiendo momentos con quienes fueron víctimas. Les consta que tienen una información que sólo adquiere su sentido ante la justicia. Saben lo que significa hablar desde el seno de la familia militar, romper el mandato que perdura todavía y no tolera infracción. En la desmesura del gesto anida también la idea -el deber- de pagar una deuda  heredada. Pero no es una guerra lo que se plantea, sino la búsqueda de una voz nueva, extraña, sin odio y con firmeza ética. Una forma, quizá inédita, de hacer justicia.

Hacia el final

¿Mal de archivo, podríamos decir con Derrida (1997), ante las repetidas muestras de obsesión memorial de nuestros días? ¿Facilidad del registro, de dejar todo guardado en La Nube, disponible ubicuamente con sólo un clic? Formas de dejar huella que sin embargo anulan otras, que se van transformando en rarezas: las anotaciones de la mano de autor sobre el manuscrito, tachaduras y cambios, sucesivas versiones, trazas con el aura del original que pueden emocionarnos bajo una vitrina de museo

Recogiendo los hilos de esta trama –que se quiso así, abierta a distintos hipervínculos–  podemos entrever cómo, a lo largo del tiempo, han ido variando los modos de la aparición y los umbrales de lo público y lo privado. Por eso, ante algunas posturas que contraponen, simétricamente,  intimidad vs. “extimidad” –como una especie de reversión  entre el adentro y el afuera–, es necesario enfatizar que el propio concepto de intimidad no es algo instituido desde una exterioridad sino inherente al aparato psíquico, y por ende variable, según los seres, las épocas y –sobre todo– según los acontecimientos de la vida[3]. Por cierto, se ha incrementado hasta la exasperación el impulso a un continuo hacer-ver tanto personal como profesional, que incluye la opinión sobre todas las cosas y la performance mediática de las emociones, no sólo en la pantalla propia sino en la televisión, que cada vez más se alimenta de los tuits, los muros y los mensajes de “todo el mundo”, reforzando la idea de que quien no está en las redes “no existe”.

Sin embargo, hay también una performatividad en las redes que contribuye sin duda a la construcción de comunidad: el giro memorial que acabo de presentar es sólo uno de múltiples ejemplos. Una intimidad que aflora con las marcas de una tragedia colectiva y como tal se integra a la memoria pública.

Y como todo tiempo pasado no fue mejor y no hay un estado ideal de las conductas ni una armonía posible de los intercambios –en un mundo donde la violencia y la guerra parecen ser ya inerradicables– quizá convenga volver sobre la célebre duplicidad derrideana para apreciar con justicia este momento de nuestra actualidad –antes que la aceleración tecnológica  nos lleve a otras orillas-,  en la conciencia de sus puntos críticos y también de  su potencialidad  ética y política en el plano de la intersubjetividad.

REFERENCIAS

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Submetido em 12/08/2019

Aceito em 04/12/2019


Notas

[2] He abordado el análisis de estas obras en La vida narrada. Memoria, subjetividad y política (2018).

[3] Una escena traumática y desoladora es, por ejemplo, la revelación en juicio ante un tribunal de las afrentas sufridas en el cuerpo en tanto víctimas de crímenes de lesa humanidad, en que la intimidad ni siquiera tiene el cobijo de la narración autobiográfica.

[i] Mariana D., entrevista por Juan Manuel Mannarino, 12 de julio de 2017, Revista Anfibia, Buenos Aires, Universidad de San Martín. Acceso el 2 de febrero de 2019. http://www.revistaanfibia.com/cronica/marche-contra-mi-padre-genocida/

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